Vuelvo al camino y pasea con su mujer el amigo del amigo que ya no está. Los dos tenían los pómulos altos, orgullosos y cortantes. Ahora sólo los tiene el amigo del amigo. Cuando yo era pequeño ya me daban miedo, aunque confié siempre en los dos. En todo caso ahora lo que dicen sus pómulos es que si ha de ser salvaje otra vez, lo será. De pequeño lo era.
El lunes y el martes estoy en Bruselas. Es la capital oficial de Europa. No busco a Brel, que es como una lejana sombra, sino que simplemente trabajo entre funcionarios, administradores, burócratas del “bien-etre”. No me cruzo tampoco con ningún amigo de ningún amigo ni me acuerdo de que el domingo anterior, durante un pequeño instante, sentí un “deja vu” premonitorio, una especie de epifanía francófona, en clave de montaña del Guinardó y del puente de Muhlberg. Dice la belga-japonesa-francófona que “courir était le verbe des bandits de gran chemin et des héros en general”. Y así me veo como ellos, bajando con el freno de mano puesto, admirando la lontananza, contento de mis pómulos belgas.










